En esa hora aciaga.

Hace poco vi una película protagonizada por Al Pacino, de nombre “You don´t know Jack” (No conoces a Jack), que relataba la vida del Dr. Jack Kevorkian, o como mejor se le conocía, el Dr. muerte.
Al día siguiente de ver la peli, me enteré del fallecimiento del polémico Dr., y es así como, picado por la curiosidad, me dediqué a indagar quien fuera Kevorkian.
De nacionalidad norteamericano y de ascendencia armenia, Jack nació en Pontiac, Michigan el 26 de Mayo de 1928. Era patólogo de profesión, pero su notoriedad la alcanzó al haberle practicado la eutanasia a más de 130 pacientes, siendo esta una práctica ilegal en los EEUU (y aquí también, por si acaso).

Lo condenaron en 1999 a una pena de 10 a 25 años por asesinato, condena que cumplió hasta el año 2007, en que lo indultaron por problemas de salud. ¿Su lema? Cómo no podría ser de otra manera: “Morir no es un crimen”. Falleció el pasado 3 de Junio.
Conozcamos un poco más de como asistió a sus pacientes a morir.

Jack creó una máquina a la que llamó “Thanatron” (algo así como máquina de muerte) que permitía que los pacientes se  administraran por sí mismos químicos letales para acabar con sus vidas. Como le fue retirada su licencia, y con ella su posibilidad de obtener medicamentos y otras sustancia reguladas, ideó otra máquina llamada “Mercitron” (máquina de piedad, al menos, originalidad  y sentido  del humor  no  le  faltaban), con  la  que  los pacientes inhalaban monóxido de carbono, a través de una máscara, hasta morir.

La polémica no es por la eutanasia en si misma, si no porque Jack apuró la muerte de muchos pacientes sin estar en estado terminal (según reportes), e incluso a unos cuantos que ni siquiera se quejaban de dolencia física alguna. 

¿Asesino? Tal vez. No conozco el caso de cerca. Lo que si sé es que el tema de la muerte asistida, o eutanasia, siempre será polémico. Yo por mi parte estoy a favor de aliviar el sufrimiento de los seres vivos, y si esto implica ayudar a un enfermo postrado en una cama, sufriendo, sin saberse él mismo, sin tener idea de en donde está, proveyéndole una muerte más rápida e indolora, pues que así sea. ¡Pero si en algunos países matan a los reos sin estar seguros de si es un procedimiento indoloro!
Recordemos el caso de Ramón Sampedro, por tomar uno, el escritor gallego que decidió que no quería seguir viviendo postrado, paralizado del cuello hacia abajo, y que tomó la decisión de quitarse la vida, su vida, ingiriendo cianuro potásico. ¿Le culpa alguien? ¿Le critica alguien? ¿Podría alguien obligarle a vivir (si se le puede llamar de esa manera) así? Mi opinión es que no.


Para terminar, que se hace largo el artículo, te informo, amigo(a) lector(a), que en Zurich (Suiza) hay una clínica, que por cierto, detesta el vaticano, que ha ayudado ya a más de mil personas a morir voluntariamente. La clínica se llama Dignitas. Sólo por si te interesara a futuro. Larga vida y prosperidad.

Anuncios
  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: