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El extraño

Arbolesmustios
Alberto estaba de vuelta en el parque, como ayer, como todos los días desde hace dos años, siempre en las tardes tras salir del trabajo. En sus manos la infaltable bolsa de semillas de girasol, que arrojaba a las palomas que se le acercaban cada vez con menos desconfianza. Gente caminando, parejas tomadas de la mano, niños chillando, riendo, corriendo tras pelotas, andando en bicicleta, despreocupados, felices, ajenos a todo.  El calor del verano era soportable gracias a la brisa fresca que se paseaba a sus anchas por el lugar. Sentado en el desgastado banco, veía como sus amigos emplumados picoteaban el piso sin atisbos de saciarse, y él, sintiéndose cada vez más lejano a aquellos días de tribunales y disputas hogareñas, disfrutaba a plenitud estos pequeños momentos, simples, maravillosos, honestos. Dos bancos a su derecha un joven  de cabello negro, bastante largo, y que apenas sobrepasaba los veinte, le observaba con fijeza. Alberto llegó a verle con el rabillo del ojo al echarse atrás en su asiento. Le llamó la atención, pero no le preocupó: ya bastante preocupaciones absurdas había tenido como para que su tarde se echase a perder por la curiosidad de un extraño. Volteó a verle y le saludó con un ademán de la cabeza. El Joven respondió el saludo. Y cada cual a lo suyo, pensó Alberto que volvía a centrar su atención en las palomas que engullían a prisa. Sin notarlo, el joven apareció a su lado, de pie mirándolo. Alberto respingó y unas cuantas semillas escaparon hacia el suelo. ¿Cómo había llegado allí tan rápido?

Y sin hacerse notar, como un fantasma que desaparece y reaparece a voluntad. El joven se sentó sin mediar palabra, siempre mirando al cada vez más sorprendido Alberto. El primer impulso fue pararse, sin sobresaltos, sin escándalos e irse de allí, pero no pudo, de golpe todo temor había desaparecido, como borrado mediante magia, en su lugar solo calma, y un sentimiento raro, con sabor a premonición. El joven le tomó el brazo, por encima de la camisa azul cielo y un estremecimiento sacudió a Alberto, paralizándolo, dejándolo a merced de aquel extraño. Su vista se clavó al frente, hacia un árbol con un hueco en el medio del tronco y de pronto la realidad se desgarró a jirones, como tela vieja, dejando al descubierto un mundo que no había imaginado jamás. En donde hasta hace nada había estado el árbol, ahora había un paisaje árido, sin verdor alguno, el suelo agrietado hasta el dolor y el aire enrarecido hasta hacerse irrespirable. Un riachuelo asqueroso, de color marrón-grisáceo corría contaminándolo todo a su paso. Osamentas de animales que Alberto no conocía ni conocería jamás, yacían entre montones de arena. Todo sonido había desaparecido y en su lugar un lúgubre silencio, el silencio de la muerte total, de la aniquilación definitiva. En su cabeza solo una voz, que suponía era de  aquel extraño que le sujetaba,   que contaba apesadumbrada: aquí vivía hasta que por nuestra soberbia, por nuestra desidia, todo lo que conocíamos murió. Alcanzamos un alto grado de tecnificación que acabó por arrancarnos las almas, por deshumanizarnos, y cuando nos dimos cuenta del error, ya nada podía hacerse, ni toda la tecnología pudo salvarnos ni salvar a nuestro mundo. Plantas, animales: todos muertos. El agua envenenada, los suelos inservibles y por último nosotros, muriendo uno a uno sin remedio. Solo unos pocos alcanzamos a huir de aquel infierno en transportes diseñados por los mismos expertos que hicieron caso omiso de las advertencias que señalaban la muerte  de nuestro planeta. Y ahora estoy aquí, en este sitio maravilloso en donde aun puede respirarse, beber agua de los ríos, y disfrutar de ver animales caminar y plantas mecerse al ritmo de la brisa. Pero el destino de ustedes es muy parecido al nuestro, y su planeta comenzó a morir.  Todavía hay tiempo. No hagan caso omiso a las señales del deterioro. Ya he mostrado nuestra tragedia a otros, que como tú, llevan por dentro la salvación de su mundo. Tienen tiempo: no lo desaprovechen. Alberto se asfixiaba por la falta de oxigeno en aquel lugar, hasta que sintió que la presión en su brazo cedió: lo había soltado. El mundo comenzó de a poco a recobrar su forma original y los colores regresaron más vívidos que antes. Una gran bocanada de aire para aliviar los pulmones, y el extraño ya no estaba. Las palomas seguían picoteando, los niños corrían como si nada y Alberto notó los ojos anegados, y escociéndole. ¿Qué había sido aquello? ¿Por qué él?. Apesadumbrado y sin miedo alguno tomó el saco del banco, se lo echó al hombro, se levantó y emprendió camino a casa, con lágrimas en estampida bajando por sus mejillas, sabiendo que algo dentro de si había cambiado. A lo lejos, el joven se acercaba a una mujer que leía a la sombra de un manzanero.

  
chirmonte1  Hay muchos trasnochados que aun niegan que el planeta está cambiando, y no precisamente para bien. Alegan que el cambio climático es algo periódico, que ya ocurrió antes y no mató a nadie (¿¡en serio!?) Que las campañas en los medios no son más que alegatos sin sentido y sin apoyo de la comunidad científica. Vale. Veremos entonces y esperemos no sea demasiado tarde cuando estos preclaros pensadores, que gobiernan a lo tonto el planeta, digan: ¡Oye! ¡cómo que era cierto!
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